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Betances: Todo corazón PDF Imprimir Correo
Escrito por René González Barrios   
Jueves, 07 de Abril de 2016 16:49

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A la memoria de Emilio Godínez Sosa
La compraventa de esclavos y el racismo en la isla de Puerto Rico, constituían un espectáculo deprimente. Los negros carecían de la más mínima consideración. En 1848, el capitán General Juan Prim y Prats, había establecido para los individuos de la “raza africana”, fuesen libres o esclavos, el llamado Código Negro, que reprimía brutalmente la más simple infracción.

 

Entre las penas, ordenaba el cercenamiento de la mano derecha o izquierda por el verdugo, según la consideración de los jueces, doscientos azotes en tandas, o el fusilamiento. Les prohibía además, trasladarse por campos o ciudades con machetes, que sólo se les podían entregar por los amos o contratadotes, en los campos de trabajo.

Tal crueldad, hería profundamente la sensibilidad humana de los más avanzados patriotas y libre pensadores puertorriqueños, quienes, liderados por el doctor Ramón Emeterio Betances y Alacán, deciden fundar, en 1858, una sociedad secreta encargada de recolectar fondos para, en la pila bautismal, comprar niños esclavos, educarlos, y darles la libertad. Para garantizar la clandestinidad de aquella sociedad, sólo la identidad de Betances sería pública y su apellido, el otorgado a los esclavos comprados. Su hogar se convertiría en asilo y su figura excelsa ganaría para la posteridad el sobrenombre de padre de los pobres y de los negros.

Fue un claro desafío a las autoridades coloniales. Ese mismo año, el capitán general de la isla, Fernando Cotoner, Conde de la Cenia, expulsó del país al médico redentor. No obstante, su semilla germinó en aquellos, sus hijos negros. Años más tarde, cuando fueron hombres, algunos marcharon a Cuba, la hermana mayor, a materializar con las armas, el sueño Antillano del inmaculado benefactor.


Nace un redentor

El 8 de abril de 1827, en el poblado puertorriqueño de Cabo Rojo, al matrimonio formado por el dominicano Felipe Betances y la puertorriqueña María del Carmen Alacán, les nace un hijo varón, a quien nombran Ramón Emeterio. Llevaría en su sangre la raíz africana y rebelde de los antepasados de su padre, de lo que siempre se sintió orgulloso.

Enviado por sus padres a estudiar a París, en 1846 se graduó de bachiller en letras y dos años después de bachiller en ciencias. En la ciudad del arte, la cultura y las ideas, vivió los días gloriosos de la Segunda República en 1848, y se incorporó a la lucha popular en las barricadas. Más que una experiencia, fue una escuela que marcó el destino de su vida. En 1849, allí se matriculó en la carrera de Medicina, que concluye en 1855.

Un año después viaja a Puerto Rico a revalidar su título de médico y allí lo sorprende una terrible epidemia de cólera, en la que mueren alrededor de 14,435 personas. A su pueblo entregó, infatigable, el alma. Atendió a cuantos lo requirieron, concentrando sus esfuerzos en quienes nada tenían. La voz popular lo bautizó como médico de los pobres y de los negros. Regresó a París en 1859 con su joven prometida de 21 años, pero la boda no pudo consumarse. Una epidemia de tifus le arrebató en pocos días a su amada. Fue un golpe demoledor. Con sus restos retornó a Puerto Rico y la lloró durante meses. Sólo la patria pudo sustraerlo del aislamiento en que el sufrimiento lo sumió. Su presencia, alteraba el statu quo colonial. Las autoridades sin dilación, lo deportaron nuevamente. París sería su eterno y seguro refugio.

La Guerra de Restauración en Santo Domingo entre 1863 y 1865, fue escenario espléndido para luchar por su sueño redentor antillano. Incansable, se movió entre Puerto Rico, Venezuela, Saint Thomas, Santo Domingo y París, cumpliendo misiones de los independentistas dominicanos. En esa brega, estrechó relaciones con el general dominicano Gregorio Luperón y con el patriota cubano Juan Manuel Macías, fundador de la “Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico”.

Restablecida la independencia en Santo Domingo, concentró sus esfuerzos en la lucha por la de Puerto Rico. Organizó minuciosamente el levantamiento, y el 23 de septiembre de 1868 los patriotas boricuas ocupaban el poblado de Lares al grito de independencia. España lo reprimió antes que la pólvora se extendiera a lo largo de la isla. Apenas unos días después, los cubanos, guiados por Carlos Manuel de Céspedes, emprendían una guerra de Diez Años, por Cuba y también por Puerto Rico.


Cuba: segunda Patria

El descalabro de Lares no amedrentó a Betances, quien vio en la gesta independentista de Cuba, la oportunidad de luchar por una patria mayor: Las Antillas. Por ese objetivo trabajaría permanentemente. Con el seudónimo de El Antillano, en las páginas de La Independencia y en cuanto periódico pudo deslizar sus artículos y trabajos, fustigó al colonialismo español y predicó la idea de una Federación Libre de Estados Antillanos, a la que llamó Confederación de Las Antillas. Alertaba además, sobre un peligro mayor. En carta a Spencer St. John, cónsul británico en Puerto Príncipe, Haití, el 24 de abril de 1870 le decía: “Los americanos han sido, son y nos serán funestos, antes, durante y después de esta guerra ya tan cruel.”1

En junio de 1871, el incansable boricua preparaba en Puerto Príncipe, Haití, junto al general holguinero Julio Grave de Peralta, una expedición armada para Cuba Libre. En 1872, viajó a París a trabajar por la causa. Su sueño integrador lo llevó a anunciar, el 12 de septiembre de 1874, la creación de la Liga de las Antillas, con el objetivo de mantener a Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Haití “…fuera del alcance de toda dominación extranjera.”2 Peregrino de sus ideas, en 1875 viajó nuevamente a Santo Domingo, y mientras predicaba la revolución, realizó más de trescientas consultas y operaciones gratis a los pobres. Entre ellos lo llamarían, “el Médico Santo”.3 El Ayuntamiento de Puerto Plata, en sesión solemne, le ofreció un voto de gracia.

Subordinado fiel de la causa de Cuba, permaneció a sus órdenes durante toda la Guerra Grande y la Chiquita. En reconocimiento a ello, en 1880, José Martí le escribió: “Yo sé que no hay para Vd. mar entre Cuba y Puerto Rico, y siente Vd. en su pecho los golpes de las armas que hieren los nuestros.”4 Años después, cuando le dedicara un ejemplar de sus Versos Sencillos, lo inmortalizaba con una lacónica caracterización: “A un hombre.”5 Identificado plenamente con el ideario latinoamericanista y universal de Martí, Betances acudió presto al llamado de la Guerra Necesaria, y cuando en 1892, se fundó el Partido Revolucionario Cubano, escribió al patriota puertorriqueño Sotero Figueroa, editor del periódico Patria:

“Esa lucha inmensa que sugestiona invenciblemente a las almas grandes como la de Martí, es digna de ustedes con él por Jefe; y la gloria del triunfo será suya, muy suya; porque ustedes vienen –después de los precursores que aparecieron como simples soñadores imprudentes– a establecer en el pueblo cubano y puertorriqueño, el reinado de la justicia y a reemplazar la vergonzosa humildad del esclavo con los derechos y la dignidad del hombre libre. Dígale a Martí que abuse de mi nombre, si quiere, a favor del país, y que si fuere preciso exponerlo a las maldiciones de la posteridad por salvar la patria, hasta allá voy yo.”6

El 29 de mayo de 1892, en reunión del Club Revolucionario Puertorriqueño “Borinquen”, el apasionado secretario del mismo, el poeta Francisco Gonzalo Marín, Pachín, propuso que Betances dirigiera el Partido Revolucionario Antillano, como extensión regional del partido de Martí. Era el resultado de una prédica integracionista, que había calado hondo en lo más selecto y puro del independentismo puertorriqueño. Por aquel entonces -1894-, cuando cubanos y boricuas aunaban esfuerzos y recursos por la causa común de la independencia, el periódico de los emigrados cubanos El Porvenir, publicaba un Álbum con las biografías de los principales patriotas cubanos. Asumiendo a Betances como tal, escribía de él:

“Ha empleado su vida en constante lucha contra la tiranía, y empujado por todas las tormentas, náufrago siempre, ha llevado consigo a todas las playas el amor a su país, como los troyanos, que al huir de sus casas incendiadas, pobres y vencidos, llevaron al destierro, los vasos sagrados y los Dioses de la Patria.”7


La gesta del 95: pasión y muerte de un corazón

La nueva guerra de Cuba fue un relámpago de energía en la vida de Ramón Emeterio Betances. Continuando su apoyo al Partido Revolucionario, llamó a los suyos a imitar a los cubanos. Pero como la llama redentora aún no prendía en la otra ala del pájaro –Puerto Rico–, apoyó a quienes decidieron marchar a Cuba. Entre éstos, figuraron tres coterráneos de apellido Betances, todos, naturales de Cabo Rojo, poblado natal del redentor. Eternamente agradecidos con el hombre que comprara sus libertades para hacerlos después libres, Juan Betances, Ramón Betances y Leandro Freire Betances, marcharon a Cuba a pelear por su independencia. Juan y Ramón murieron combatiendo en el año 1895. Leandro, quien se incorporó al Ejército Libertador el 24 de febrero de 1895 –fecha de inicio de la contienda–, concluyó la misma en las filas del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador. A Juan Betances, cariñosamente escribiría el 29 de marzo de 1895:

“Celebro que hayas salido de la triste situación en que estabas y apruebo completamente la resolución que has tomado de ir a cumplir con tu deber en Cuba, y no digo en Puerto Rico, porque creo que no le ha llegado aún su hora a nuestra Borinquen, a quien espero que podrás tú ver libre, al lado de su hermana mayor.”8

El 2 de abril de 1896 fue nombrado oficialmente representante diplomático de Cuba en París. Desde la capital francesa mantendría en jaque, a través de la prensa, a Madrid. Betances era un imán. Su figura regia, sobria y ya de leyenda, atraía a cuanto liberal europeo simpatizara con la causa de Cuba. Recomendados por él, viajarían a Nueva York para enrolarse en expediciones mambisas, ciudadanos de Francia, Bélgica, Rusia, Austria, Italia, Inglaterra, Suiza, entre otros. Tuvo el Partido que pedirle contuviera aquel flujo humano, pues hombres tenía Cuba, más no recursos con que enviarlos a la Isla.

A la causa de Puerto Rico prestaría especial interés y grande sería su satisfacción al conocer que el 22 de mayo de 1896, la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano, nombró al general puertorriqueño Juan Rius Rivera, veterano de  la Guerra de los Diez Años, General en Jefe del Ejército Libertador de Puerto Rico. Grande sería también su dolor, cuando el 28 de junio de ese año, Rius renuncia por escrito a tal condición, al considerar que la isla no estaba preparada para levantarse en armas. Betances, comprendió y apoyó su decisión.

Ello no fue obstáculo para que, en su filantrópico pensamiento revolucionario, estableciera contactos con el Comité de Hong Kong, representante de los independentistas filipinos, para aunar esfuerzos en la lucha contra un enemigo común: España. Unir la causa Filipina a la de Cuba y Puerto Rico, era su viejo sueño. Ya en febrero de 1876, había remitido desde París, al director del diario La Independencia, en Estados Unidos, un artículo recibido desde Manila para que se publicase, en el que se refería a “este noble aliado nuestro.”9 Llegó incluso a alimentar la idea de que el Partido Revolucionario Cubano enviase expediciones a Filipinas desde el Pacífico de Estados Unidos, y de enviar además, jefes cubanos a combatir al archipiélago hermano. El general del Ejército Libertador José Lacret Morlot, fue su más ferviente seguidor desde los campos de Cuba Libre, tanto en la idea de Filipinas, como en la de llevar expediciones a Puerto Rico.

El indetenible y culto patriota, que en perfecto francés y en español, publicaba artículos científicos y literarios en los más selectos diarios de Francia, sin sonrojarse, pregonaba por las calles de Paris: “…vendo, además de sellos, banderitas, botones, alfileres a precios módicos…”10 Quien fuera bautizado indistintamente como padre de los pobres y los negros y Médico Santo, a pesar de ser reconocido como uno de los doctores más eminentes de París, vivió en la Ciudad Luz, una vida de miseria. Todo los recursos eran para Cuba e, irremediablemente, las consultas a los pobres serían, por siempre, gratuitas.

En su honor, el Gobierno de Cuba en Armas decidió nombrar a una Unidad del Quinto Cuerpo del Ejército Libertador, Regimiento de Infantería Betances. En ella combatiría, casualmente, el sargento puertorriqueño Nicasio Expósito Merced. Al conocer la noticia, el 26 de enero de 1898, escribió al general Pedro Betancourt -jefe en la provincia de Matanzas a quien se subordinaba el Regimiento-, y le envió desde París una bandera Puertorriqueña para que la enarbolaran en los campos de batalla.  Por entonces, el patriota cubano Luis Estévez Romero le comentó en Paris sobre la presencia en los campos de Cuba de más de 300 mambises puertorriqueños, ninguno de los cuales se había presentado y que se habían distinguido. Betances le contestó: “¿Cómo es posible que teniendo Puerto Rico hijos así no le sea dado conseguir su libertad?”11


Su muerte

La intervención norteamericana en la guerra de Cuba deprimió la salud del patriota. Al conocer el desembarco de tropas norteamericanas en Puerto Rico, el 25 de julio, escribió: “Es igual yugo por yugo (…) uno era de caoba; éste es de algarrobo que pesa igual.”12 Presintiendo y deseando su muerte tras la frustración de la independencia, el 8 de agosto de 1898 plasmaba en su testamento: “Cuando llegue el anhelado día, mis restos sean llevados a mi querido Puerto Rico: pido que vayan envueltos en la sagrada bandera de la patria mía.”13 El periodista puertorriqueño Luis Bonafoux, fiel amigo que lo acompañó inseparable en los últimos momentos de su vida, describió aquellos tristes y agónicos días:

“Betances no demostraba últimamente deseos de vivir. Sus padecimientos físicos, sus horribles torturas morales, el mismo estado de su espíritu, en fin, no era ciertamente para hacerle la vida codiciable. Deseaba morir. El ideal que tanto había acariciado –la absoluta independencia de Puerto Rico y Cuba– por la cual batalló toda su vida, acaba de recibir golpe mortal. (…) El día en que se firmó en Washington el protocolo, fue para el doctor Betances el más amargo y triste de su agitada existencia, porque ponía fin a toda una larga vida de luchas, entusiasmos y abnegaciones sublimes.”14

Alrededor de las diez de la noche del sábado 16 de septiembre de 1898, su corazón dejó de latir. Había vivido cincuenta y dos de sus setenta y un años, peregrinando en el exilio. Sólo pudo pisar el suelo de su amado Puerto Rico, diecinueve. Sobre él, había escrito el 10 de junio de 1897, Arístides Agüero, representante diplomático de Cuba en Chile, Bolivia y Perú:

“Mi juicio sobre Betances es como sigue: hombre integérrimo, patriota leal y constante, inteligencia clara y perspicaz, reputación intachable, gran crédito y relaciones francesas de influencia, trabajador infatigable y resuelto, serenidad y calma para todo; un solo defecto le encuentro, exceso de modestia y extremada bondad para sus enemigos e insubordinados.”15

A su amigo Bonafaux, había comentado en una ocasión que no ambicionaba ni soñaba en otra cosa que “en ir a acabar sus días comiendo plátanos en un rústico bohío de Puerto Rico, después de dar un estrecho y fraternal abrazo a Máximo Gómez y Calixto García,”16. Aquel lo retrataría para la eternidad:

“Betances era todo corazón”



El autor es Presidente del Instituto de Historia de Cuba

Notas

1 Estrade, Paul. Iniciación a Betances. Casa de las Américas. La Habana, 2008. Página 35.

2 Estrade, Paul. Ob. Cit. Página 38.

3 Ibidem. Página 39.

4 Martí, José. Obras Completas. Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos. 2002. Tomo 6. Páginas. 216, 217.

5 Godínez Sosa, Emilio. Betances. El Antillano. Revista Bohemia. Año 70. No. 37. 15 de septiembre de 1978. Página 88

6 Bonafoux, Luis. Betances. Instituto de Cultura Puertorriqueña. San Juan de Puerto Rico. 1970. Página 285.

7 Album de El Porvenir. Enrique Trujillo. Imprenta de El Porvenir. New York. 1894. Volumen II. Página  116.

8 Bonafoux. Ob. Cit. Página 303.

9 Estrade, Paul. Ob Cit. Página 40.

10 Bonafoux. Ob Cit. Página LXXIX

11 Estrade. Ob Cit. Página 126.

12 Ibidem. Página 67.

13 Ramón Emeterio Betances. Documentos. Selección y prólogo, Haroldo Dilla y Emilio Godínez. Casa de las Américas. La Habana, 1983. Página 375.

14 Bonafoux. Ob Cit. Páginas LXXIV y LXXV.

15 Estrade. Ob Cit, Página 97.

16 Bonafoux. Ob Cit. Página LXXV

17 Ibidem LXXV

 

Fuente: Claridad

 

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