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Betances: Sabio, literato, agitador PDF Imprimir Correo
Escrito por Félix Ojeda Reyes   
Lunes, 11 de Abril de 2016 11:16

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«A veces, cuando sus ojos brillan al hablar de la Patria lejana, tenemos la impresión de estar frente a un místico, a uno de esos derviches que van errantes, de pueblo en pueblo, predicando la guerra santa».

 

Es posible que el bibliófilo cubano Domingo Figarola-Caneda (1852 - 1926), sea el autor del editorial que hoy reproduce Claridad cuando conmemoramos el 189 aniversario del nacimiento del Dr. Ramón Emeterio Betances. El escrito fue publicado en francés, el 27 de febrero de 1896, en el periódico bilingüe La République Cubaine que editaba en París Figarola-Caneda. Un año más tarde, en 1897, el hijo de Figarola-Caneda, Herminio Mauricio, cae heroicamente luchando por la independencia de Cuba en la guerra iniciada por Martí contra el coloniaje español. Y en 1901, después de terminado el conflicto, Figarola-Caneda sería nombrado director de la Biblioteca Nacional de Cuba.

El editorial al que hacemos referencia ofrece interesante descripción del delegado en París de la República de Cuba en Armas, el médico puertorriqueño Ramón Emeterio Betances: “Sus blancos cabellos coronan su hermoso rostro, y lo envuelven, cual remolinos, en una aureola y su larga, sedosa barba, que le llega hasta el pecho, evocan en nosotros la imagen de un imponente río personificado en una estatua. A veces, cuando sus ojos brillan al hablar de la Patria lejana, tenemos la impresión de estar frente a un místico, a uno de esos derviches que van errantes, de pueblo en pueblo, predicando la guerra santa”.

“Y, después de todo, es eso lo que él hace: sin ruido y sin agitarse en el vacío, ese defecto de muchos revolucionarios, Betances sigue siempre su camino con rectitud, sabiendo lo que quiere y donde va. Muy dueño de sí mismo, nunca se deja arrastrar. Él lo ve todo, lo escucha todo, no dice sino lo que es necesario decir y adivina lo que no se dice”.

Escrito en francés, el editorial que comentamos ha sido traducido al español por la Dra. Carmen Ana Pont, adscrita a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico. Carmen Ana forma parte del equipo de traductores que con extraordinario esmero hacen posible leer a Betances en buen español.


El Doctor Betances

Nos embarga la alegría de ofrecerles a nuestros lectores el retrato del doctor R. E. Betances, delegado de la República Cubana en París y su primer representante en Europa.

Entregado de lleno a la causa de la libertad, para la cual incansablemente trabaja con ardor y perseverancia, el doctor Betances ha consagrado su vida al ideal de la independencia de las Antillas oprimidas bajo el tiránico yugo de España.

Su triple personalidad, la del sabio, la del literato y la del agitador, no podría exponerse, como se debe, en el restringido espacio del que disponemos.

Solamente evocaremos aquí los rasgos más notables de su exuberante y muy agitada existencia.

Nacido en Cabo Rojo (Puerto Rico), llegó muy temprano a Francia para hacer allí sus estudios y, después de haber conquistado los grados de Bachiller en Letras y de Bachiller en Ciencias, estudió medicina en la Facultad de París donde obtuvo el grado de doctor.

Los breves ratos de ocio que le dejaban sus estudios científicos, se los dedicaba a la literatura. Colaboró en varios periódicos parisinos y principalmente en el XIXe Siècle, cuando ese periódico fue dirigido por Edmond About, y publicó La virgen de Borinquen, un cuento fantástico que alcanzó gran éxito en América, Los viajes de Scaldado, Himno a Borinquen, Las cortesanas en París, etc.

De regreso a Puerto Rico, en el momento en que el cólera hacía estragos en la isla, Betances se dedicó a los infelices, prodigando día y noche, hasta el final de la epidemia, sus curas médicas por todas partes, en las ciudades y en las plantaciones.

Esta noble conducta le proporcionó una gran popularidad, sobre todo entre los esclavos y los desheredados del país. Su prestigio y su influencia se desarrollaron rápidamente. Aprovechándose de ellos difundió las ideas de libertad, lo que lo llevó a un primer exilio en 1858.

De regreso a su país una segunda vez, se dedicó con todo su ahínco, durante cuatro años, a organizar el levantamiento que se produjo en la isla en 1868 y que se conoce bajo el nombre de la Revolución de Lares. Ésta fracasó. Betances, caudillo de la conspiración, fue perseguido y se le puso precio a su cabeza. Pero el coronel que estaba encargado de detenerlo y de hacerlo fusilar lo previno en Mayagüez, unas cuantas horas antes, y el revolucionario tuvo tiempo para embarcarse en un bote que lo condujo a San Tomás.

Después de haber visitado las Antillas, y siempre en busca de su ideal de libertad, regresó para fijar nuevamente su residencia en París, en medio de las simpatías de sus antiguos condiscípulos y de sus amigos. Fue condecorado con la Legión de Honor por el Gobierno francés.

El doctor Betances es un patriota ardiente, una mente privilegiada y un noble corazón, un apasionado de toda idea generosa, un ser amado por quienquiera que se le acerque y un ser respetado hasta por sus adversarios políticos.

Sus blancos cabellos coronan su hermoso rostro, y lo envuelven, cual remolinos, en una aureola y su larga, sedosa barba, que le llega hasta el pecho, evocan en nosotros la imagen de un imponente río personificado en una estatua. A veces, cuando sus ojos brillan al hablar de la Patria lejana, tenemos la impresión de estar frente a un místico, a uno de esos derviches que van errantes, de pueblo en pueblo, predicando la guerra santa.

Y, después de todo, es eso lo que él hace: sin ruido y sin agitarse en el vacío, ese defecto de muchos revolucionarios, Betances sigue siempre su camino con rectitud, sabiendo lo que quiere y donde va. Muy dueño de sí mismo, nunca se deja arrastrar. Él lo ve todo, lo escucha todo, no dice sino lo que es necesario decir y adivina lo que no se le dice.

Cuando la revolución actual estalló, el doctor Betances fue designado como delegado en París, donde ha trabajado sin descanso con un celo admirable. Ante el amor y la veneración de los cubanos, esto le confiere todavía más méritos.

 

Fuente: Claridad

 

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