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A 40 años del golpe militar que derrocó a Allende PDF Imprimir Correo
Escrito por Andrés Alburquerque Fuschini   
Miércoles, 11 de Septiembre de 2013 01:56

allendeSantiago de Chile, (INS).- Amaneció frío y nublado ese martes 11 de septiembre de 1973 en Santiago. Cerca de las 6:30 de la mañana, el presidente Salvador Allende Gossens fue despertado por un llamado telefónico a su casa de avenida Tomás Moro para avisar de la sublevación de la Marina, a unos 120 kilómetros al oeste de la capital, en Valparaíso, y su primera reacción fue tranquila, pues estaba seguro de que el Ejército estaba de su lado.

 

 

Apenas unos 20 días antes había nominado como comandante en jefe a Augusto Pinochet Ugarte, un hombre recomendado por su antecesor para mantener la democracia en el país y que ya había dado muestras de un inclaudicable sentido del honor, defensa de la tradición democrática del país y sumisión a la autoridad presidencial.

Allende estaba irremediable y fatalmente equivocado.

El mandatario, el primer marxista del mundo elegido en elecciones democráticas, llegó al Palacio de La Moneda -sede de gobierno- cerca de las 7:00 de la mañana, acompañado de un grupo de asesores. Rápidamente, las noticias pasaron de sublevación a golpe de Estado, al conocerse que Carabineros (la policía militarizada chilena) y el mismo Ejército se habían plegado al movimiento, y los rostros de varios acusaron la gravedad de la situación.

Según testigos, Allende estaba preocupado por Pinochet. Hasta que cerca de las 8:00 de la mañana se enteró de que era él quien encabezaba el golpe, y dio un puñetazo sobre la mesa de su escritorio.

Allende había ganado las elecciones del 4 de septiembre de 1970, y en cerca de mil días intentó dar un vuelco socialista en un país profundamente conservador.

Masón y librepensador, fogueado parlamentario, humanista, amigo de la buena comida, la buena ropa, el arte y la literatura, galante y muy ocurrente, el médico puso en marcha un programa ahora considerado demencial y que marcó su derrumbe.

Entre otras cosas, Allende propulsó una profunda y drástica reforma agraria que terminó con los grandes latifundistas dueños de la tierra desde el siglo 17 ó 18; nacionalización de unas 100 grandes empresas y de la gran minería del cobre, con lo que se enfrentó a poderosas compañías estadounidenses; reforma educacional; y un sistema de abastecimiento estatal de bienes de consumo familiares, saltándose los canales comerciales.

Los grandes conglomerados económicos le declararon la guerra desde el comienzo y los productos de primera necesidad desaparecieron del mercado. El desabastecimiento, los paros y las tomas dieron lugar a grandes movilizaciones de rechazo, pero el pueblo seguía estando junto a Allende, como lo demostraron las últimas elecciones efectuadas durante su gobierno.

El golpe militar terminó con el sueño de millones de chilenos, pero la fuerza militar era demasiado poderosa como para que el pueblo lo enfrentara, como creían los más ilusos y extremistas.

Cerca del mediodía de ese 11 de septiembre, aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea (la última facción militar en plegarse a la sublevación) bombardearon La Moneda, cuyas paredes interiores quedaron prácticamente destruidas. Allende, todavía resistiendo, ordenó el desalojo de mujeres y de aquellos que no tenían armas para la defensa del sitio y un par de horas más tarde fue a una de las oficinas, se sentó en un sofá y se disparó en la barbilla.

Al ingresar a lo que quedaba de la casa de gobierno, el oficial a cargo del ataque, general Javier Palacios, corroboró que el mandatario había muerto y, así, lo comunicó a sus jefes: “Misión cumplida. Presidente muerto”.

Con el golpe se terminaba el experimento socialista de tres años, el fin de una de las democracias más estables de América Latina y el comienzo de una feroz dictadura que se prolongaría por casi 17 años y que dejó más de 3,200 muertos y unos 38 mil torturados.

La justicia chilena mantiene abiertas unas 1,300 causas por crímenes cometidos en esos 17 años, con unos 800 agentes civiles y militares procesados o condenados por crímenes de lesa humanidad.

Pero no fue ese el único “legado” de Pinochet.

Tras instalarse en el poder, los militares y los civiles de derecha comenzaron a implementar una completa “contrarrevolución”, instalada con sangre y fuego sobre la base de una economía de mercado tan pujante como desigual.

El modelo económico neoliberal apuntó hacia la privatización en prácticamente todas las materias, con exiguos controles del Estado. Así, por ejemplo, se llegó a licitaciones de las principales industrias del país, en precios irrisorios. De esa manera se conformaron los actuales grandes grupos económicos que amasaron enormes fortunas.

La concentración económica y la enorme desigualdad social son directo fruto de ese proceso, que entre otras cosas incluyó la finalización de todos los derechos de los trabajadores y el término de los sindicatos.

Se crearon las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFPs), en manos privadas lo mismo que la salud.

También se decretó una abrupta rebaja arancelaria, que permitió la instalación de grandes empresas extranjeras en el país; se recortó el gasto público y se fijaron incentivos a la inversión; se privatizaron empresas y se retrocedió en la nacionalización del cobre.

Este 11 de septiembre se cumplen 40 años del golpe de Estado que derrocó a Allende, pero que en los años sucesivos también dejó tambaleando a todo un país.

Hoy, a 40 años del golpe, la “contrarrevolución” neoliberal parece comenzar a derrumbarse a pedazos ante el clamor cada vez más amplio y popular de una sociedad que exige cambios radicales al sistema en educación, previsión social, salud, sistema electoral, mercado laboral e impuestos a las grandes empresas, entre otros temas pendientes desde que el país luchó y obtuvo la democracia.

Esos serán los grandes desafíos del gobierno entrante, cuyo rostro se conocerá en las elecciones del próximo 17 de noviembre.

 

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