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El incinerador de Arecibo o cómo acumular la muerte PDF Imprimir Correo
Escrito por Félix Córdova Iturregui   
Jueves, 13 de Noviembre de 2014 10:51

incineradorHay algo realmente perverso en este asunto de la incineración. Una imagen poderosa nos golpea: con este proyecto quieren devolvernos la basura de una forma siniestra, dispersándola en el agua, el aire y la tierra. Así podremos consumir peligrosos contaminantes con mayor efectividad.

Pensemos en el alcance de esta imagen. Nuestro consumo, desmedido o irracional en su forma, genera una cantidad notable de desperdicios. Con este proyecto industrial se nos devolverán nuestros propios desechos en forma de micropartículas que viajarán en el aire y penetrarán en los cuerpos de agua, en la tierra y en los pulmones humanos.

No es un juego. Algunos de estos peligrosos compuestos, catalogados como contaminantes orgánicos persistentes, se acumulan en la tierra y en el agua. De ahí pueden pasar a nuestros cuerpos y también acumularse, convirtiéndonos en pequeños vertederos ambulantes hasta que la muerte disponga de nosotros. En realidad el incinerador no inventa un problema escalofriante. Lo que hace es añadirle una buena dosis de intensidad. Como afirma Anne Platt McGinn, en la actualidad todos nosotros portamos en nuestro cuerpo alrededor de 500 químicos antropogénicos como venenos potenciales inexistentes antes de 1920. Es importante, por consiguiente, tener presente el contexto histórico en que se da una propuesta escandalosa como la incineración en una isla como la nuestra. Cito a Platt McGinn:

“Today a new chemical substance is discovered about every nine seconds of the working day. Most remain laboratory artifacts. On June 15, 1998, chemists identified the 18 millioneth synthetic chemical substance known to science. Of the millions now recognized, fewer than 0.5 per cent – possibly 50,000 to 100,000 – are actually used in commerce. The vast majority of these are organic substances, meaning they contain carbon, an element essential to life. But in certain molecular combinations, carbon can herald trouble.

“Synthetic organic chemicals are largely a twentieth-century creation. They were first manufactured on large scale during the 1930s, and have been growing in volume ever since.”

Las observaciones anteriores son pertinentes en el Puerto Rico actual por varias razones. Sobre todo, porque el desarrollo industrial en la Isla durante los últimos sesenta años ha incluido destacadas industrias de alta tecnología con una fuerte tendencia a la contaminación ambiental: petróleo-química, equipos de precisión y equipos médicos, farmacéuticas, producción de energía mediante la quema de petróleo y gas natural, entre otras. En algunos de estos casos, como el de la industria farmacéutica, han gozado de libertades extremas en la utilización de los acuíferos y también en la disposición de sustancias tóxicas en ellos.

Pero no basta con tener presente la producción para pensar el daño ecológico sufrido por esta Isla. También es preciso pensar en el consumo. La acumulación biológica de contaminantes orgánicos persistentes también aumenta a través de la comida. Puerto Rico actualmente importa la mayor parte de sus alimentos. Con la globalización, la contaminación del agua y la tierra tiende a repartirse y afectar incluso a los países con mayores protecciones ambientales. En una economía que no tendrá en el futuro otra alternativa que volver a estructurar una agricultura que le permita producir los alimentos necesarios para su sobrevivencia, añadir un proyecto tan peligroso como el incinerador propuesto en Arecibo, es literalmente un crimen. Sería someter la tierra y los acuíferos a un daño difícil de estimar. Aumentaría lo que Tomás Morales ha llamado la deuda ecológica de nuestra sociedad, probablemente más abrumadora y permanente que la deuda pública.

Hace falta traer a la discusión los crecientes casos de países, comunidades o ciudades que han prohibido la incineración. Filipinas sentó un precedente en junio de 1999. Fue seguida por Costa Rica y más tarde Ecuador. En el año 2000 la ciudad de Chicago prohibió la construcción de incineradores y descontinuó los existentes. A este proceso de limitación o total eliminación de la incineración se van sumando países, regiones y municipios. En un artículo reciente, la Exsecretaria de la Gobernación, Ingrid M. Vila Biaggi, destacó la razón para establecer este proyecto contaminante: “Porque es un negocio redondo.” Los defensores del proyecto se han apoyado en la expansión de la incineración en Europa.

La discusión del caso europeo es muy compleja. La incineración forma parte de un marco de directrices para lidiar con la basura cuyo propósito ha sido reducir la cantidad de desperdicios producidos mediante la reutilización y el reciclaje. El resultado no ha sido el esperado: la generación de basura ha aumentado. Además, se estableció el principio de proximidad entre basura e instalación incineradora, que no se ha cumplido. El establecimiento de incineradores va movido por otro principio: la generación de desperdicios es rentable. ¿Por qué reducirlos si alimenta grandes ganancias? Los crecientes incineradores europeos se han caracterizado, a su vez, por la sobrecapacidad: pueden procesar más basura de la que reciben. Esta sobrecapacidad ha impulsado las exportaciones e importaciones de basura, violando de esta forma el principio de proximidad. No sólo contaminan los incineradores, sino que aumenta la contaminación mediante la transportación de basura de un país a otro o de una región a otra, aumentando la contaminación con bióxido de carbono.

De la experiencia obtenida en la comunidad europea se han obtenido varias conclusiones sobre la incineración: 1) es una forma ineficiente de producir energía; 2) no es una solución al cambio climático; 3) no es una solución al problema de la basura; 4) tampoco es una solución al problema de la energía.

Por consiguiente, el proyecto de incineración de desperdicios sólidos propuesto para Arecibo presenta más problemas de los que resuelve. Al ser un negocio redondo, pone en movimiento mucho dinero y compra adhesiones: personajes locales, algunos con ropaje de ambientalistas, cuyos bolsillos se han beneficiado. Optan por un aparente bienestar personal a corto plazo en lugar de proteger la salud de la población. El daño ambiental eventualmente los alcanzará. No podemos permitir que nos devuelvan nuestra propia basura transformada en micropartículas tóxicas dispersas en el agua, el aire y la tierra. Es posible detener este proyecto. Pero requiere coordinar las diferentes actividades de oposición. Debemos recordar una enseñanza clave: frente a las decisiones políticas del Estado solamente puede tener éxito la combinación de un amplio debate público y la movilización de fuerzas sociales considerables. En este caso dos fuerzas antagónicas ocupan el escenario: la ganancia de unos pocos frente a las condiciones de salud y seguridad de toda una sociedad. Debate y acción deben encontrarse mano a mano en la calle para detener este peligroso proyecto.

(En este artículo utilizamos principalmente dos fuentes: Incineration overcapacity and waste shipping in Europe: the end of the proximity principle, de Marta Jofra Sora, Commissioned bay: Global Alliance for Incinerator Alternatives, 213; Phasing Out Persitent Organic Pollutants, de Anne Platt McGinn, en State of the World 2000, a Worldwatch Institute Report on Progress Toward a Sustainable Society. Contamos con materiales y observaciones críticas del Dr. Tomás Morales Cardona.)

 

(Fuente: Claridad)

El incinerador de Arecibo o cómo acumular la muerte

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Por Félix Córdova Iturregui

Publicado: martes, 11 de noviembre de 2014

Hay algo realmente perverso en este asunto de la incineración. Una imagen poderosa nos golpea: con este proyecto quieren devolvernos la basura de una forma siniestra, dispersándola en el agua, el aire y la tierra. Así podremos consumir peligrosos contaminantes con mayor efectividad. Pensemos en el alcance de esta imagen. Nuestro consumo, desmedido o irracional en su forma, genera una cantidad notable de desperdicios. Con este proyecto industrial se nos devolverán nuestros propios desechos en forma de micropartículas que viajarán en el aire y penetrarán en los cuerpos de agua, en la tierra y en los pulmones humanos.

No es un juego. Algunos de estos peligrosos compuestos, catalogados como contaminantes orgánicos persistentes, se acumulan en la tierra y en el agua. De ahí pueden pasar a nuestros cuerpos y también acumularse, convirtiéndonos en pequeños vertederos ambulantes hasta que la muerte disponga de nosotros. En realidad el incinerador no inventa un problema escalofriante. Lo que hace es añadirle una buena dosis de intensidad. Como afirma Anne Platt McGinn, en la actualidad todos nosotros portamos en nuestro cuerpo alrededor de 500 químicos antropogénicos como venenos potenciales inexistentes antes de 1920. Es importante, por consiguiente, tener presente el contexto histórico en que se da una propuesta escandalosa como la incineración en una isla como la nuestra. Cito a Platt McGinn:

“Today a new chemical substance is discovered about every nine seconds of the working day. Most remain laboratory artifacts. On June 15, 1998, chemists identified the 18 millioneth synthetic chemical substance known to science. Of the millions now recognized, fewer than 0.5 per cent – possibly 50,000 to 100,000 – are actually used in commerce. The vast majority of these are organic substances, meaning they contain carbon, an element essential to life. But in certain molecular combinations, carbon can herald trouble.

“Synthetic organic chemicals are largely a twentieth-century creation. They were first manufactured on large scale during the 1930s, and have been growing in volume ever since.”

Las observaciones anteriores son pertinentes en el Puerto Rico actual por varias razones. Sobre todo, porque el desarrollo industrial en la Isla durante los últimos sesenta años ha incluido destacadas industrias de alta tecnología con una fuerte tendencia a la contaminación ambiental: petróleo-química, equipos de precisión y equipos médicos, farmacéuticas, producción de energía mediante la quema de petróleo y gas natural, entre otras. En algunos de estos casos, como el de la industria farmacéutica, han gozado de libertades extremas en la utilización de los acuíferos y también en la disposición de sustancias tóxicas en ellos.

Pero no basta con tener presente la producción para pensar el daño ecológico sufrido por esta Isla. También es preciso pensar en el consumo. La acumulación biológica de contaminantes orgánicos persistentes también aumenta a través de la comida. Puerto Rico actualmente importa la mayor parte de sus alimentos. Con la globalización, la contaminación del agua y la tierra tiende a repartirse y afectar incluso a los países con mayores protecciones ambientales. En una economía que no tendrá en el futuro otra alternativa que volver a estructurar una agricultura que le permita producir los alimentos necesarios para su sobrevivencia, añadir un proyecto tan peligroso como el incinerador propuesto en Arecibo, es literalmente un crimen. Sería someter la tierra y los acuíferos a un daño difícil de estimar. Aumentaría lo que Tomás Morales ha llamado la deuda ecológica de nuestra sociedad, probablemente más abrumadora y permanente que la deuda pública.

Hace falta traer a la discusión los crecientes casos de países, comunidades o ciudades que han prohibido la incineración. Filipinas sentó un precedente en junio de 1999. Fue seguida por Costa Rica y más tarde Ecuador. En el año 2000 la ciudad de Chicago prohibió la construcción de incineradores y descontinuó los existentes. A este proceso de limitación o total eliminación de la incineración se van sumando países, regiones y municipios. En un artículo reciente, la Exsecretaria de la Gobernación, Ingrid M. Vila Biaggi, destacó la razón para establecer este proyecto contaminante: “Porque es un negocio redondo.” Los defensores del proyecto se han apoyado en la expansión de la incineración en Europa.

La discusión del caso europeo es muy compleja. La incineración forma parte de un marco de directrices para lidiar con la basura cuyo propósito ha sido reducir la cantidad de desperdicios producidos mediante la reutilización y el reciclaje. El resultado no ha sido el esperado: la generación de basura ha aumentado. Además, se estableció el principio de proximidad entre basura e instalación incineradora, que no se ha cumplido. El establecimiento de incineradores va movido por otro principio: la generación de desperdicios es rentable. ¿Por qué reducirlos si alimenta grandes ganancias? Los crecientes incineradores europeos se han caracterizado, a su vez, por la sobrecapacidad: pueden procesar más basura de la que reciben. Esta sobrecapacidad ha impulsado las exportaciones e importaciones de basura, violando de esta forma el principio de proximidad. No sólo contaminan los incineradores, sino que aumenta la contaminación mediante la transportación de basura de un país a otro o de una región a otra, aumentando la contaminación con bióxido de carbono.

De la experiencia obtenida en la comunidad europea se han obtenido varias conclusiones sobre la incineración: 1) es una forma ineficiente de producir energía; 2) no es una solución al cambio climático; 3) no es una solución al problema de la basura; 4) tampoco es una solución al problema de la energía.

Por consiguiente, el proyecto de incineración de desperdicios sólidos propuesto para Arecibo presenta más problemas de los que resuelve. Al ser un negocio redondo, pone en movimiento mucho dinero y compra adhesiones: personajes locales, algunos con ropaje de ambientalistas, cuyos bolsillos se han beneficiado. Optan por un aparente bienestar personal a corto plazo en lugar de proteger la salud de la población. El daño ambiental eventualmente los alcanzará. No podemos permitir que nos devuelvan nuestra propia basura transformada en micropartículas tóxicas dispersas en el agua, el aire y la tierra. Es posible detener este proyecto. Pero requiere coordinar las diferentes actividades de oposición. Debemos recordar una enseñanza clave: frente a las decisiones políticas del Estado solamente puede tener éxito la combinación de un amplio debate público y la movilización de fuerzas sociales considerables. En este caso dos fuerzas antagónicas ocupan el escenario: la ganancia de unos pocos frente a las condiciones de salud y seguridad de toda una sociedad. Debate y acción deben encontrarse mano a mano en la calle para detener este peligroso proyecto.

(En este artículo utilizamos principalmente dos fuentes: Incineration overcapacity and waste shipping in Europe: the end of the proximity principle, de Marta Jofra Sora, Commissioned bay: Global Alliance for Incinerator Alternatives, 213; Phasing Out Persitent Organic Pollutants, de Anne Platt McGinn, en State of the World 2000, a Worldwatch Institute Report on Progress Toward a Sustainable Society. Contamos con materiales y observaciones críticas del Dr. Tomás Morales Cardona.)

 

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