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Modelos de gestión de la ganancia y sus efectos sobre la deuda, el déficit fiscal y el empleo en EU PDF Imprimir Correo
Escrito por Luis Rey Quiñones Soto / Claridad   
Jueves, 28 de Julio de 2011 07:01

ecousaSi la aguja se perdió en el pajar,
es en el pajar donde hay que buscar la aguja.

 

I. Introducción

La crisis estadounidense no es posible entenderla dentro de los límites de su economía nacional. Después de 1989, los cambios en las economías nacionales hay que estudiarlos en el contexto inmediato de la economía global. No pueden comprenderse los apuros de endeudamiento y fiscalidad que atraviesa Estados Unidos sino se trabajan sus indicadores económicos y sociales en su relación íntima con las estadísticas globales.

¿Qué pasa? ¿Es la crisis estadounidense una de ciclo económico nacional o es una de envoltura global, sistémica? ¿Se ha salido de la recesión o la recesión ha sido engañada y desorientada momentáneamente a fuerza de salvamentos comprometedores, pero anda dando vueltas agazapada en el desempleo, la deuda y el déficit fiscal?

Por consiguiente, estas líneas argumentan que la deuda y el déficit fiscal estadounidenses son reflejos, resultados derivados, de otros problemas mayores, como el mercado de empleo, que tienen que ver con las nuevas relaciones económicas en la gestión de la ganancia que traba la globalización sobre la competencia intercapitalista. Con esta óptica se arma el andamiaje para explicar las razones detrás de la crisis de endeudamiento y déficit fiscal en Estados Unidos.

II. De aquellos barruntos

Tanto en la economía capitalista nacional, como en la global, es dogma que sin producción (oferta) no hay consumo y sin consumo (demanda) no hay producción. También es cierto que sin consumo no hay ganancia y que sin ganancia el dinero, en una sociedad crediticia, cesa su función como medio de pago. El no pago es la crisis.

La experiencia de una crisis clásica de sobreproducción en los años treinta del siglo pasado alertó sobre la necesidad de adecuar la producción fordista, propiciadora de la producción en masa de unidades de bienes uniformes, al consumo masivo de bienes. Mientras las fábricas de los principales países inundaban los mercados con ingentes magnitudes de bienes, para la venta, las hordas de consumidores, ávidas de hartazgos y chucherías, que suplicaba el modelo fordista no aparecían por ningún lado. Ese desfase entre producción en masa (oferta) y consumo (demanda) de subsistencia de los asalariados, en el contexto de largas jornadas de trabajo, trajo los severos ventarrones de la crisis que reventó en 1929. La Gran Depresión, como proceso de crisis y saneamiento del capitalismo, condujo a la adopción legal y a la práctica real de la jornada de trabajo de ocho horas y a la formulación de toda una legislación social que incorporó como consumidores a desempleados y desamparados. La crisis cumplía así la función de sanear y relanzar al capital con la formulación de un consumo en masa y para las masas.

Sir Keynes conjeturó y acertó que las solas fuerzas del mercado, por preferencias que disuaden al inversionista de seguir invirtiendo, cortan la inversión, y por tanto la ocupación, antes de producirse la capacidad potencial del sistema económico de generar el pleno empleo, el cual se ajusta a una tasa de más o menos 4 por ciento de desempleados. Con tasas de 25 por ciento de desempleo, Keynes recomendó la intervención del Estado en los mercados de empleo mediante el aliento a la demanda agregada. De esta manera, y con la consiguiente y posterior creación del crédito al consumo, se inició la resolución de acercar el consumo a la producción en masa. El modelo fordista de producción de bienes a tutiplén, mediante la intromisión del Estado en el mercado, tomó en Estados Unidos forma y contenido bajo las políticas rooseveltianas del Nuevo Trato, al cual se le agregó la jornada de trabajo de ocho horas y la economía de guerra como herramienta para generar más puestos de trabajo. Ya para 1945 Estados Unidos, atiborrado de dinero, mollero político y militar, asido al modelo keynesiano de fomento del empleo y el consumo, inició una expansión económica tan acelerada que muchos, ingenuos, creyeron en la desaparición del ciclo económico, en el cual la producción y consumo tienen que verse las caras para que la una no sobrepuje al otro.

La crisis petrolera de 1974-75 evidenció, con desencanto para el capital occidental, que el ciclo de los negocios en el capitalismo requiere siempre del cotejo entre producción y consumo y entre mercado y poder político desde el Estado. A estas fechas, el viejo y moribundo keynesianismo, de los cuarenta del siglo viejo a los aprietos petroleros de los setenta, estuvo bajo el ataque furibundo del liberalismo mercantil de Milton Friedman. En los hechos, el keynesianismo se enfrentaba a la lógica económica elemental en que la generación de empleos no productivos y superfluos creados por el Estado tenía que ser sufragada por los recursos del Estado mismo o financiada con impuestos a los trabajadores y a las empresas. Además, dado que el capitalismo requiere una reserva de trabajadores desempleados para mantener los salarios en niveles que permitan conservar los márgenes de ganancia, tan pronto se pasa de cierto umbral en la utilización de la capacidad industrial instalada, se desatan alzas en los precios de insumos y fuerza de trabajo, por aquello que la demanda es mayor a la oferta. Para mantener su por ciento de ganancia, el alza general de precios, a que indujo el embargo petrolero, fue transferida de inmediato por el empresario capitalista al consumidor y a otros compradores. De esa manera se desató la inflación que terminó por desquiciar el mecanismo distributivo que mal que bien cumple el mercado y enredó al Estado en la práctica de una nueva política económica.

Al golpe de inflación y estancamiento de 1974 en adelante, el liberalismo económico se reinventó y propuso un nuevo enfoque para el crecimiento económico consistente en fomentar e incentivar la producción y la empresa, en lugar del consumo de las masas trabajadoras, desempleadas y marginadas. A despecho de la ofensiva del capital y del Estado por trasladar recursos a la empresa para fomentar la producción, el Estado asistencialista keynesiano no pudo ser desmantelado como se pretendía porque riqueza y pobreza son dos instantes simultáneos e inseparables de una misma realidad capitalista. No es posible tal cosa como la erradicación de la pobreza en el sistema capitalista. De manera que el Estado al asumir la propuesta neoliberal se convirtió en una especie de esquizoide —ese yo dividido del que habla Laing— que ahora debe atender el fomento de la producción y la ganancia y, por razones de seguridad y gobernabilidad, atenuar los estertores de la marginación, la exclusión y la pobreza. Esa dicotomía es la médula espinal misma de la crisis fiscal del Estado.

En ese contexto, la propuesta ruda del pragmatismo neoliberal tomó cauce mediante las políticas económicas del presidente Reagan. Y ya montadas sobre la guerra de las galaxias como sucedáneo sanchopancesco para reconquistar el liderazgo mundial, Estados Unidos logra una verdadera reconversión de su aparato industrial. Surge así la manufactura flexible acoplada a las computadoras y a la comunicación satelital. Con esta novel tecnología se pudo satisfacer demanda no fordista de segmentos de mercado personalizados y de altos ingresos y se puede pasar de la elaboración de un bien a otro sin mayores tropiezos en los costos y la calidad. En estos menesteres, según Roberto Saviano, las mafias china e italiana les hacen la competencia, y aventajan, a las empresas de productos personalizados de alta calidad de los países más desarrollados. Para ello utilizan los mismos materiales y criterios de calidad manufacturados por mano de obra perita, pero barata, importada de China o de los barrios marginados del sur itálico.

Mientras la manufactura flexible se afinca en Estados Unidos, la empresa manufacturera fordista puso sus ojos en países como China, Brasil e India para reducir costos laborales y ambientales. Y allí se fueron con sus bártulos a producir bienes estandarizados a costos risibles tanto para el mercado estadounidense como para los grandes mercados de otros países desarrollados. Pero ni India, ni Brasil y menos China, con su enorme y poderoso partido comunista como gestor capitalista, se dejaron mangonear con el viejo y desacreditado modelo colonial de exportación de las ganancias al país de origen de la empresa multinacional. Por el contrario, si bien ponen a deposición del capital multinacional fuerza de trabajo barata y disciplinada y bajos costos ambientales, las políticas de impuestos y de reinversión en esas economías nacionales se conjugan con la ofensiva de capitales internos y políticas estatales para ser copropietarios de las empresas mediante la compra de acciones o participación acordada. Esta retención de ganancias de las multinacionales generadas en esos Estados nacionales es combinada con la formación de nuevas empresas nacionales o con la innovación de las existentes, a partir de la difusión de las tecnologías que importan las empresas multinacionales que mudan su producción a estas naciones soberanas. Ese es el secreto del milagro chino y brasilero. La ganancia y su reinversión, en los mercados en que se produce, es la madre del crecimiento y uno de los fundamentos del desarrollo capitalista.

Pero resulta que Estados Unidos se transformó en una economía de servicios, por lo que apetece bienes manufacturados, a precios inaccesibles para la manufactura estadounidense, por ello se alimenta de la oferta de aquellos países emergentes. En segundo lugar, los patrones consumistas de inspiración fordista de la sociedad estadounidense refuerzan su dependencia del sector externo. Esa adicción gringa al consumo de bienes estandarizados y a precios asequibles a las masas rinde sus frutos para las economías que emergen a la producción de bienes manufacturados para la exportación.

En síntesis, dos modelos de gestar la ganancia se enfrentan en el mercado global. El primero, con costos altos y productos de elevada calidad en que el trabajo mental ha sido incorporado a la máquina y el trabajo intelectual sirve de fundamento para la disposición de un sector de servicios productivos, acompañan al sector de servicios tradicionales, para reconvertir la estructura industrial estadounidense en una centrada en los servicios y en bienes de mayor costo y calidad. La oferta, en este primer modelo, esta orientada hacia la demanda de segmentos de ingreso por encima de los salarios que pagan las empresas fordistas. Pero esos puestos de trabajo fueron transferidos por la multinacional fordista hacia países emergentes como China, India y Brasil. El segundo paradigma, tan viejo como el capitalismo industrial mismo, utiliza la escala y la producción en masa con costos operacionales y salariales bajos y produce para el consumo de masa. Buena parte del consumo de los más de 310 millones de estadounidense es satisfecha por la manufactura fordista en los países emergentes. Mientras, Estados Unidos, no ha podido penetrar los mercados emergentes con sus productos de alta calidad y precios altos. Su nicho son los servicios productivos anidados en el trabajo intelectual. Pero esos servicios no han sido suficientes para contrarrestar la fuerza del intercambio de bienes manufacturados con estructuras diferentes de costos. En ese intercambio, en que se importa pero menos se exporta, se fundamenta la deuda estadounidense. Se consume más de lo que se produce y lo que se produce no logra seducir los mercados en que viven más de 2,500 millones de potenciales consumidores. El déficit fiscal tiene, además entre sus variables principales, aquel doble papel del Estado de asistencialista de marginados y excluidos y de protector de la ganancia y la producción privada.

Todo el relato histórico y teórico precedente de nada valdría sin datos de la realidad global y nacional que lo validen.

III. Estos aguaceros

Para una mejor aproximación al barullo de la deuda externa y a la batahola fiscal estadounidense, quizá convenga atrechar camino por el comportamiento que asoma por la estructura económica más vinculada con la economía global, en el mediano y largo plazo.

De 2001 a 2009 las importaciones promedios anuales ($1.6 billones) superaron las exportaciones (0.94 billones), para un balance en el comercio externo negativo de 0.65 billones promedio anual para el lapso (Informe Económico del Presidente, T.103). Frente a un producto interno bruto (PIB) promedio anual de $ 12.5 billones la actividad económica estadounidense se concentra en su mercado nacional. En tiempos de globalización parecería lógico un salto hacia el comercio externo para crear empleos e ingresos que rompan la inercia negativa de la balanza de cuenta corriente mediante el fomento de las exportaciones, como propone Obama en su Mensaje de Presupuesto de febrero de 2011. Con esos empleos e ingresos, provenientes del sector externo, se podría comenzar a trabajar la deuda externa y las deficiencias fiscales al tiempo que el majadero desempleo se le pone en cintura. Sin embargo ese objetivo de Obama, además de la contrapropuesta neoliberal republicana, encuentra un escollo importante que limita la capacidad de exportación: una estructura económica arraigada en los servicios, con un sector manufacturero con bienes de alto costo. Por tanto, si al 95 por ciento de los consumidores de allá fuera a que apunta Obama, se le restan los más de 2,500 millones de persona que enfrenta la vida con dos dólares diarios y los otros miles de millones con salarios precarios, es obvio que el modelo estadounidense de gestar ganancia al interior de su economía con bienes de alta calidad y encumbrados costos antoja ser una quimera para trabajadores y marginados sin capacidad de adquirir ese tipo de bienes. Es que de la opulencia del capital, con la exclusión y la marginación que a su paso genera, crea necesariamente la miseria. Le resta entonces coquetear con los consumidores de allá fuera que pueden pavonearse con tales bienes y no son pocos, pero la competencia global es dura y, como ilustra la mafia, no es tan leal y ni caballerosa. Resta entonces trabajar el sector externo con sus dos nichos en que las exportaciones superan las importaciones: el agro y los servicios, pero éstos todavía no son lo suficiente cuantiosos para contrarrestar el bulto de las importaciones de bienes manufacturados bajo los códigos fordistas. En consecuencia, el dilema entre deuda externa y déficit fiscal, en el corto y mediano plazo y hasta 2021, como documentan las proyecciones que acompaña el Mensaje, es uno que depende del mercado interno y su capacidad para generar puestos de trabajo. Sin lugar a dudas, la encerrona que impuso la desindustrialización estadounidense comienza a ser importante en la mermada competencia de la economía para impulsar empleo interno. De 2008 a 2010 se destruyeron 23.2 millones de empleos en Estados Unidos (Informe, T.B 44) y las personas bajo el umbral de pobreza en 2001 (32.9 millones; 11.7%) saltó a 43.6 millones en 2009 (14.3%, Ibíd., T.B.33).

En términos de dónde provienen las importaciones y hacia dónde van las exportaciones de Estados Unidos en 2009, si bien América Latina es la región con menor participación (22.5%) en las exportaciones, al sumar los envíos hacia Canadá (19.2%), América (41.7%) surge como mercado principal para las exportaciones de aquel país. A Europa le vende el 24.6%, superada por Asia (27.1%). Bajo el manto del TLC, con Canadá y México, Estados Unidos despacha el 31.4 por ciento de sus exportaciones. Las importaciones se concentran en Asia (38.2 %), donde China (49.3%) ocupa un lugar cimero, seguido por Japón (16.2%) y la India (3.5%). El 32.8 por ciento de las importaciones proceden de América Latina (18.3%) y Canadá, el 14.5% del TLC y 21.2%. de Europa.

En resumen, el comercio exterior estadounidense se bifurca en dos direcciones: América es pivote de sus exportaciones y Asia, en especial, China e India, de las importaciones. El monstruo depende de los países emergentes para satisfacer su gula de bienes fordistas. En ese contexto, en los últimos cinco años China, Brasil e India multiplicaron por tres su producto interno bruto (FMI, PIB por países, 2006 y 2010). La importancia geográfica de América Latina, con México y Brasil, a la punta y su relación con los costos de transporte y la competitividad mundial en esos menesteres, invitan a la iniciativa exportadora de Obama a poner atención en esta región y los miles de millones de consumidores asiáticos parecen regocijar el empeño exportador de aquel presidente. Pero, ¿qué y hacia quiénes van a exportar? Las exportaciones de 2001 a 2009 privilegiaron, el agro (8.1%), bienes y materiales industriales (25.8%); bienes de capital (38.8%); automotriz (10%) y otros bienes (17.3%). Pero, sus fortalezas exportadoras están en los servicios productivos y en la agricultura. Desde la lógica de costos y de la ganancia ya no es posible reeditar desde Estados Unidos el modelo fordista y tampoco es sostenible ecológicamente.

IV. Llueve y no escampa

En esta encrucijada el Coloso del Norte presenta profundos problemas en el corto plazo, atizados por la amenaza recesiva, que no tienen solución en ese mismo periodo, porque su tratamiento presupone invertir en la reconversión de sus deterioradas infraestructuras físicas y en sus dependientes y contaminantes fuentes energéticas. Sin esta reconversión, sin el desenchufe del petróleo y de las fuentes fósiles de energías no renovables, Estados Unidos no puede reeditar su estructura industrial como punto de arranque para remozar su pesada economía para competir en el mercado global.

Ese recambio industrial y ecológico es urgente pues la economía de Estados Unidos, oteada desde la perspectiva global, muestra un claro deterioro en su capacidad para acumular reservas internacionales de 1982 a 2010. En 2007 los países emergentes desplazan a los más desarrollados en la tenencia de reservas internacionales (T.1).

Para el caso estadounidense, como para los países más desarrollados, los datos parecen confirmar que la crisis de 2007 en adelante es un fenómeno que se concentra en países desarrollados, en especial Estados Unidos y en la Unión Europea, sin mayores repercusiones sobre los principales países emergentes como China, Brasil e India.

También es posible conjeturar sobre base estadística existente un proceso de traslado de acumulación de capital de los países desarrollados a los emergentes bajo la modalidad de mudanza de procesos fordistas de trabajo.

Respecto a la deuda pública, el 2 de agosto de 2011 se igualará a la deuda limitada por ley. Este hecho no es grave en sí mismo, aunque es la noticia como espectáculo que genera los titulares para incautos. Republicanos y Demócratas, a pesar de sus payasadas, se pondrán de acuerdo, pero antes Obama, debilitado por elecciones congresionales de mitad de término, tendrá que entrar por la puerta estrecha de los Republicanos con sus recortes de impuestos a los más ricos y el aumento de la exclusión de los pobres y asalariados por conducto de la poda de servicio sociales esenciales como salud y educación. Ello implica, con probabilidad, un presupuesto de gasto de $3.429 billones en lugar de los $3.729 billones incluidos en el Mensaje de Obama. El déficit fiscal se reducirá de $1.1 billones a $700 mil millones para 2012, por lo que se tendrá que emitir deuda por esa magnitud para igualar los fondos a los gastos.

En 2012 la deuda será mayor que la producción final de todos los bienes y servicios de ese país (PIB), de manera que por cada dólar de producción la deuda será de $1.03. Las proyecciones a 2021 de Obama mantienen el déficit fiscal en los $774 mil millones. El mal de fondo persiste.

Si bien el presupuesto del Pentágono experimenta una merma de 2011 a 2012 de $34 mil millones, por cada dólar de gastos, los militares se tragarán, con sus ciquitraques, 21 centavos, a pesar que las transacciones militares de 1999 a 2009 han acumulado pérdidas por $1.34 billones. La guerra dejó de ser un negocio para el gobierno estadounidense, aunque lo es para la empresa privada. El hegemón, esa especie de guapo internacional, no se rinde, por lo que tendrá que seguir cogiendo patadas de los pueblos de Afganistán e Irak.

En fin, el profundo problema que enfrentan los estadounidenses no se resuelve ni con la propuesta de Obama ni con las formulaciones ideologizadas de los Republicanos.

* El autor es economista.

 

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