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Escrito por Julio A. Muriente Pérez / Copresidente del MINH   
Jueves, 23 de Abril de 2015 00:31

naufragio

«Son hombres y mujeres como nosotros, hermanos que buscan una vida mejor; hambrientos, perseguidos, heridos, explotados, víctimas de guerras… Hombres y mujeres como nosotros. Buscaban la felicidad.» -Papa Francisco ante el naufragio ocurrido cerca de las costas de Libia, que costó la vida a setecientos africanos.



África es el continente que cuenta con las mayores riquezas naturales del planeta. Paradójicamente, es también el continente más empobrecido, en el que viven millones de personas en la miseria, la subalimentación, el analfabetismo y la insalubridad.

Prácticamente nunca nos llega una noticia alentadora de alguno de los países africanos. Conflictos armados y actos de terror en Libia, Egipto, Kenya, Somalia, Nigeria, Túnez y Chad; genocidio en el Sahara Occidental; ébola en Sierra Leona; Liberia y Costa de Marfil; hambrunas, sequías, diamantes sangrientos, enfrentamientos raciales; muerte y sufrimiento.

Un barco destartalado, cargado de africanos, acaba de hundirse cerca de las costas de Libia. Se habla de setecientas personas ahogadas. No iban de paseo. No se trata de un crucero. No eran turistas. Eran setecientos africanos huyendo desesperadamente de su tierra, intentando zafarse de la vida terrible que les ha tocado vivir, esperanzados en poder llegar al otro lado del Mar Mediterráneo, a ese otro continente llamado Europa, obscenamente rico y opulento.

Espantoso como pueda parecer, se trata apenas del episodio más reciente del naufragio de una embarcación cargada  de ciudadanos de diversos países de África, que se obstinan—la miseria y el mal vivir generan una suerte extraña de obstinación— en cambiar su suerte, sin importar los riesgos.

Muchos no llegan a la otra orilla; pero si llegan, de ninguna manera son bien recibidos. De inmediato son regresados a su miseria cotidiana. Europa no quiere africanos, negros, miserables, enfermos, analfabetas, hambreados.

Durante los siglos diez y seis al diez y nueve esa misma Europa trasladó, en calidad de esclavos y en condiciones terriblemente infrahumanas, a más veinte millones de seres humanos robados al continente africano. No fueron tratados como humanos, sino subhumanos-animales que serían forzados a trabajar la tierra, en las minas y los bosques, y generarían inmensas riquezas a cambio de casi nada.

Así se hizo rica Europa. Entonces, cuando surgieron otras fuentes de energía que sustituyeron al esclavo y a la bestia—con la Revolución Industrial, a partir de la segunda mitad del siglo diez y ocho— África sería valiosa como gran fuente de recursos naturales y como mercado para el consumo de los bienes producidos en Europa. Primero fue saqueada de su gente. Luego lo sería del oro, los diamantes, los metales preciosos, las maderas; todo.

Y así llegamos al siglo veintiuno, a un continente cuyos desesperados habitantes, ciudadanos del continente más rico y más saqueado, se lanzan despavoridos al mar, en la creencia de que al otro lado—precisamente en la tierra de quienes les han robado hasta el alma por siglos y hasta hoy— van a encontrar algún consuelo, alguna sanación a su dignidad maltrecha.

De estos setecientos hemos tenido noticia, porque había cerca un barco portugués que fue testigo de la tragedia. A muchos otros—muchos miles—se los ha tragado el mar.

Vergüenza debiera darle a Europa, tan arrogante y creída, que se ha lucrado por siglos del saqueo del mundo. Vergüenza debiera darle a ese cínico primer mundo que encabeza Estados Unidos, cuyos tesoros nacionales están manchados con la sangre de millones de africanos, esclavizados, empobrecidos, llevados a la nada en pleno siglo veintiuno.

Para los pueblos hermanos de África, cuya sangre llevamos en nuestras venas afroantillanas, nuestros sentimientos más profundos de solidaridad.

 

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